Trata a los demás como quieres ser tratado

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« Cuando tratas a los demás como quieres que te traten, te liberas »

Este es probablemente un principio con el que la mayoría de nosotros está familiarizado y que muy pocos discutirían. Todos los filósofos importantes y los fundadores de religiones han establecido este principio de un modo similar, así que actualmente hay pocos pueblos en la Tierra que no hayan sabido de él. En lo que hace a reducción del stress, el gran científico canadiense y "padre” del estudio biológico del stress, Dr. Hans Selye, concluyó que éste retrocedería en su mayor parte, si tan sólo la gente tratara a los otros como quisiera que los otros los traten.

A pesar de este reconocimiento universal y de su aceptación intelectual, también es probablemente uno de los principios más difíciles de poner en práctica. Para ser capaz de vivir según éste principio, uno tiene que soltar (básicamente el egoísmo y los temores en general) y ser más o menos "consciente” e internamente "tranquilo” en sus relaciones con los otros, nada de lo cual parece ocurrir demasiado a menudo.

Este principio universal se presenta aquí de modo un poco diferente de las versiones anteriores. Antes, hubo quien nos indicó que no hiciéramos a otros lo que no querríamos que nos hicieran y ese tipo de pensamiento genera a menudo una actitud inhibida y temerosa frente al mundo. Los que nos dijeron que amáramos a nuestro prójimo como a nosotros mismos, obviamente pretendían que la categoría "prójimo” se extendiera a toda la humanidad. No obstante, muchos han tomado esta sugerencia de modo literal y brindando su bondad sólo a los que los rodean o a los que pertenecen a su mismo bando (religioso, político, social, étnico).

"Tratar a los otros como queremos que ellos nos traten” a menudo lleva a la hipocresía, es decir, te invito a cenar porque me invitaste, pero no "siento” que realmente quiera hacerlo. Otros contribuyen a la caridad como un deber, incluso hay quienes hacen lo correcto por temor a que se los tilde de "malos”, o por culpa. En pocas palabras "tratar a los otros...”nos recuerda la acción correcta, pero también nos invita a realizarla sin tener puesto necesariamente el corazón en ella.

Tratar a los otros implica una actitud y una emoción hacia la otra persona. También sugiere que debería tratar de ponerme en el lugar del otro. Es decir, tengo que emplazarme emocionalmente en su lugar y ver como le gustaría ser tratado. Si hago eso correctamente, el corazón, el intelecto y la acción van juntos y dejan poco espacio a la hipocresía.

También decimos que "nos liberamos " cuando tratamos a los demás bien. ¿Liberarnos de qué?. Bien, para comprenderlo veamos que Ley Universal explica mejor este principio. Parece que la Ley de Estructura nos dice que todos los humanos son más o menos iguales y que están incluidos en una estructura mayor, y consecuentemente, la humanidad debería marchar junta y no debería haber luchas entre sus miembros. También la Ley de Concomitancia nos dice que un fenómeno particular se determina por la interrelación de entidades diferentes, en este caso, nosotros los humanos, y que si deseo producir armonía dentro de mí (siendo la "armonía” el "fenómeno”) en las relaciones con otros, puedo hacerlo solamente si la otra persona se siente también incluida.

Es un poco complicado, así que examinemos algunos aspectos básicos sobre las relaciones humanas y en particular el rol de las emociones. Si me siento feliz. Si estoy triste, tiendo a evocar lo mismo en las otras personas. ¿Cómp es eso posible?. Algunas personas hablan de "vibraciones”, otras de "sintonía”, etc., pero ellos nunca explican realmente el fenómeno.

Es bastante curioso que deba sentirme triste cuando alguien me mira con cara triste ya que, después de todo, la otra persona es para mi conciencia sólo una suma de fotones, ondas aéreas, radiación de calor y todos los otros impulsos sensoriales que llegan a mis sentidos. Si miro la cara triste de Joan y ella no habla y está lejos de mi olfato o tacto, es sólo un puñado de fotones que caen en mi retina.

Luego, mi conciencia obtiene datos de memoria que me permiten reunir una imagen de Joan (Humana, mujer, amiga, etc.). Soy el que la reúne en mi mente. ¿Cómo es posible que sienta la misma emoción que ella, aún cuando seamos tan diferentes?. Bien, no lo somos, tenemos más o menos el mismo cuerpo (una cabeza, un par de piernas y de brazos, etc.) y ubicamos las mismas emociones en el mismo lugar del cuerpo. Por ejemplo, la inhibición se siente dentro del pecho; el entusiasmo alrededor de los ojos; el amor como soltada del músculo de la mandíbula, suavidad en los ojos, calor en el pecho, etc. Precisamente porque tenemos los mismos cuerpos podemos comunicarnos, no sólo emociones sino también lenguaje. Toda imagen tiene sus coordenadas geométricas, por así decir y por esa razón somos capaces de estructurar la realidad de un modo más o menos similar.

Ahora, volviendo a Joan, cuando ella está triste, inmediatamente mis sentidos (en este caso, los ojos) le dicen a mi conciencia de su postura corporal y de las tensiones que están asociadas con ese estado de tristeza (como quizás ya saben, todo estado emocional se relaciona con una postura física particular). Al mismo tiempo, mi memoria le dice a la conciencia que este estado se llama tristeza y mi conciencia, a su vez, elabora una imagen que tiene una ubicación espacial precisa. Esa imagen, por su parte, acarrea con ella el registro de una postura corporal particular que llamo tristeza.

Sé que esta es una explicación extensa, pero pienso que es importante comprender técnicamente por qué es tan importante tratar bien a los otros. Ahora, si trato mal a alguien, ¿qué sucede?. Registro eso, tal como registré la tristeza de Joan llevo eso conmigo en la memoria, como una tensión que me impide avanzar. Cada vez que pienso en Carlos, a quien no traté de buen modo, experimento el sentimiento negativo que experimentó Carlos, porque él siempre me recuerda ese dolor y como buen organismo que soy, trato de evitar el dolor. Pero no es sólo Carlos al que trato de evitar, sino a cualquier otra persona que me lo recuerde y todas las cosas asociadas con él. Si, por el contrario, lo he tratado del modo que me gustaría ser tratado, él se convierte en un estímulo positivo para mí, quiero ir hacia él y hacia todas las cosas que me lo recuerden. En pocas palabras, avanzo en el mundo.

Ahora estamos en condiciones de contestar qué es eso de lo que nos liberamos. Bien, en toda relación se producen tensiones, algunas necesarias y otras no. Si trato bien a la otra persona, puedo descargar tensiones, lo cual registro como placer. Si no lo trato bien, me quedo con las tensiones que llevo conmigo, a menudo durante toda la vida. También sucede que, cuando lo trato bien, lo integro conmigo, se convierte en una parte positiva de mí, así que puedo seguir adelante con otras cosas, puedo continuar mi evolución. Si no lo trato bien, quedo atrapado en una etapa particular y no avanzo hasta reconciliarme y reparar cualquier mal trato que le haya infringido. En pocas palabras, liberarse es estar libre de tensiones y completar una etapa, de modo que pueda avanzar hasta la siguiente empresa.

En realidad, esa otra persona que traté mal y no puedo sacar de mi mente es sólo otra parte de mí con la que no estoy en paz. La persona ya no está allí, está en mi memoria como una imagen que dispara estímulos dolorosos. La persona positiva es justamente una parte positiva de mí. De modo que podemos decir que, cuando tratamos mal a alguien, nos tratamos mal a nosotros mismos y que, cuando tratamos bien a los demás, construimos partes positivas de nosotros mismos.

Ahora, usted podría argumentar, y con razón, que hubo mucha gente en al historia que trató mal a los otros y no experimentó ninguna culpa. Que hay líderes políticos y del campo de los negocios que no son muy considerados respecto de los otros, y aparentemente no les importa. Que hay gente asesina a sangre fría. Todo eso es verdad, pero ¿hemos examinado realmente de cerca su estado interno?. Parece que ellos experimentan temores muy fuertes o tienen un toque de locura. De ningún modo podemos decir que sean individuos pacíficos y armoniosos, que después de todo, es lo que todas las personas buscamos.

Por lo general, esas personas se odian a sí mismas y debido a que sus contradicciones internas son tan fuertes, en realidad, desean destruirse. Desgraciadamente, destruyen a otros en su lugar (o, además de).

También podría decir que la gente no siempre le responde del mismo modo que usted la trata. Por ejemplo, usted puede estar de muy buen talante, pero alguien que esté deprimido no va a salir de su depresión porque usted lo anime.

A veces sigue sintiéndose bien, aunque alguien esté de mal talante. No reflejamos meramente la realidad: la estructuramos y esta estructura depende en gran medida de los estímulos externos o la memoria, pero también por supuesto, de nuestro estado interno en ese momento. Cuando me siento decaído todo parece negro y viceversa. Esto no contradice, sin embargo lo que hemos dicho antes sobre la estructuralidad de las relaciones y la similitud de los registros emotivos. Cuando estoy triste, quizás no salga de mi tristeza porque otro me anime(debido a que mi estado de ánimo es demasiado fuerte), pero podré percibir que la otra persona está de buen ánimo, precisamente debido a la memoria y a la misma estructura de nuestros cuerpos. También percibiré el modo en que trato a los demás, sin importar cual sea mi estado, porque ellos van a proseguir, de un modo o de otro, si no los he tratado bien, y serán fuente de evocaciones placenteras, si los he tratado de buen modo.

Nuevamente, para comprender el sabor de este principio, veamos un antiguo cuento que ilustra su clima. Aunque habla de hacer a otros, en lugar de tratar a otros, debemos recordar lo que se refiere al mismo principio básico. Por cierto, la intención fue la misma en el inicio de los tiempos, aún cuando más tarde se haya vuelto una invitación a la hipocresía.


SANTIDAD

Un discípulo preguntó a Confucio: ¿Cuál es el hombre bueno?. El maestro respondió: "Puedes llamar hombre bueno al que ves por sus acciones buenas. Si un gobernante se desvive por su pueblo y sólo hace por él, puedes llamarlo bueno. Pero más que bueno es santo aquél que se fortalece primero en el conocimiento y luego lo da a otros, aquél que consigue beneficios y luego los da a otros. Aquél que hace con otros aquello que quisiera que hicieran con él. Por ello, sin ser gobernante cualquier súbdito puede ser santo en su medida y esto no depende de su rango ni de sus posesiones”.



Otra cosa interesante sobre este cuento es que nos señala claramente un indicador simple de la bondad, es decir, la acción. Dijimos al comienzo que uno puede hacer cosas correctas, pero sin tener el pensamiento correcto, pero la acción puede resultar completamente falsa. Conozco a mucha gente que siempre tiene buenas intenciones cuando interactúan con otros, pero de algún modo sus acciones siempre producen rechazo. Les daré un ejemplo de esto. Un profesional amigo mío da permanentemente consejos a los demás sobre sus problemas, aunque tales consejos raramente son solicitados. Cuando este amigo descubrió que a los otros no les gustaba para nada sus consejos, no sólo se sorprendió sino que se sintió herido, porque su intención siempre había sido ayudar a la gente. Le dije que la gente no ve las intenciones, lo que ve son las acciones y lo que siente depende de la actitud de uno. Es muy importante recordar esto. Los otros no ven las intenciones (los pensamientos). Usted debe aprender a pensar bien, sentir bien y actuar bien. Eso ocurre cuando intenta tratar bien a los otros, no cuando actúa sin sentimiento, o cuando quiere hacer algo no lo hace, o piensa correctamente, pero demás incluye pensamiento, sentimiento y acción, y esto e una dirección que es única.

Muchos problemas políticos que se presentan entre los países desarrollados y los no desarrollados, ocurren porque estos últimos sienten que, aunque reciben ayuda de sus contrapartidas ricas, la ayuda se brinda con una actitud de degradación. Luego, los países desarrollados no comprenden porqué no se los aprecia, ya que después de todo, ayudan a los pobres.

Lo mismo sucede, por supuesto, dentro de los países, si es el gobierno el que "otorga” bienestar, el empleador el que "da” beneficios a los trabajadores o los padres lo que dan todas esas "cosas” a los hijos, que ellos no parecen apreciar.

Nuestro mundo sería, por supuesto, muy diferente, si nos tratáramos mutuamente del modo que queremos ser tratados. A casi todos nos gustaría ver tal mundo ideal, pero cuando viene el momento en que se infringen ciertos....”derechos” o la propiedad privada, el ideal se olvida rápidamente.

Tratar bien a los otros requiere un acto de soltar los temores y la ilusión respecto de la importancia de nuestra individualidad. Requiere de un acto de dar desde el corazón y toda cultura ha salido con un dicho u otro que nos dice que dar es más grato que tomar (aunque debemos saber cómo hacer eso también). Es curioso que, sin nos sentimos mejor cuando tratamos bien a otros, no hagamos eso más a menudo, ya que cuando no lo hacemos, tenemos un indicador preciso, una señal dolorosa que nos indica que no estamos siendo bondadosos con nosotros mismos. En esto reside el meollo: parece que no nos tratamos bien a nosotros mismos, en parte por ignorancia, en parte debido al temor y en la mayoría de los casos debido a los hábitos.

Tenemos que aprender un nuevo hábito. Si me pidieran que describiese sintéticamente los registros de tratar bien a los otros y los correspondientes a no hacerlo, diría que hacerlo es un acto de inclusión, de soltada. Es una fuerza centrífuga. El otro crea barreras y uno se siente agarrado. Es una fuerza centrípeta. Si tuviera que ser específico, el sentimiento de tratar bien a otros se registra siempre como un acto reflexivo ("...el modo en que les gustaría ser tratados”) y como una apertura hacia los otros. También va acompañado del reconocimiento de que "yo” no soy tan importante y es el "nosotros” lo que cuenta.

En algún momento, ojalá en un futuro cercano, el ser humano se dará cuenta de que la raíz del sufrimiento está en la creencia en la singularidad del "yo” no soy tan importante y es el "nosotros” lo que cuenta.

En algún momento, ojalá en un futuro cercano, el ser humano se dará cuenta de que la raíz del sufrimiento está en la creencia en la singularidad del "yo”. Entonces él comprenderá que la raíz más interna de sí mismo, que se expresa en momentos de soltada, de tratar bien a los otros, es la misma en él y en los demás, es la misma en él y en el otro y que todos nosotros tenemos el mismo destino aquí en este planeta, es decir, dejar que ese centro interno comience a brotar y a crecer. Para manifestarlo de otro modo, no somos sino un único organismo que se desarrolla unido como una estructura, aunque subdividida en varios miles de millones de células individuales. Cuando comprendemos esto y soltemos nuestros temores podremos liberarnos de ese gran generador de sufrimiento, la creencia en la importancia y singularidad del "yo”.


EJERCICIOS

He aquí algunos ejercicios para ustedes:

1. Recuerde situaciones en las que pudo haber hecho algo por otros y no lo hizo.


2. Recuerde situaciones en las que experimentó una sensación benéfica al tratar a los demás como a usted mismo.


3. Considere situaciones actuales en las que es posible tratar a los demás como uno se trataría a sí mismo y corregir de ese modo sus relaciones.


4. Explique a otra gente el progreso personal que se experimenta al aplicar este principio.

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