El jinete y su sombra

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Cuando el sol arreboló el camino, la silueta se alargó entre piedras y severos matorrales. Y el jinete fué enlenteciendo la marcha, hasta que se detuvo muy cerca de un fuego joven. Y un hombre viejo, que con sus manos acariciaba las llamas, saludó al jinete. Este desmontó y ambos hablaron. Luego, el jinete continuó su camino.

Cuando la sombra cayó bajo los cascos del caballo, el jinete se detuvo un instante e intercambió palabras con un hombre que lo detuvo a la vera del camino.

Cuando la sombra se alargó a espaldas del jinete, este ya no aminoró el paso. Y un joven que quiso detenerlo, alcanzó a gritar: "Vas en dirección opuesta!".

Pero la noche desmontó al jinete y éste sólo vió la sombra en su alma. Entonces, suspirando para sí y las estrellas, dijo:

"En un mismo día, un viejo me habló de la soledad, la enfermedad y la muerte; un hombre, acerca de cómo son las cosas y las realidades de la vida. Finalmente, un joven ni siquiera me habló, sino que gritando quiso desviar mi camino en dirección, para él, desconocida.

El viejo sentia temor a perder sus cosas y su vida; el hombre, temor por no alcanzar a tomar lo que creía que eran sus cosas y su vida. Y el joven, temor a no poder escapar de sus cosas y su vida.

Extraños encuentros éstos, en los que el anciano sufre por el corto futuro y se refugia en su largo pasado. El hombre sufre por su situación actual, buscando abrigo en lo que pasó o habrá de suceder, según se lo ajuste por el frente o por atrás. Y el joven sufre porque un corto pasado muerde sus talones, impulsando su fuga hacia el largo futuro.

Sin embargo, reconozco en el rostro de los tres, mi propio rostro y me parece advertir que todo ser humano, sea cual fuere su edad, puede transitar por esos tiempos y ver en ellos fantasmas que no existen. ¿O existe hoy, aquella ofensa de mi juventud? ¿O existe hoy, mi vejez? ¿O anida hoy, en esta oscuridad, mi muerte?

Todo sufrimiento se desliza por recuerdo, por imaginación, o por aquello que se percibe. Pero gracias a esas tres vías, existe el pensamiento y el afecto y el quehacer humano. Ha de ser, entonces, que si esas vías son necesarias, también son conductos de destrucción, si las contamina el sufrimiento.

¿Pero, no será el sufrimiento, el aviso que nos da la vida cuando su correntada es invertida?

La vida puede ser invertida por algo (para mí, desconocido), que se hace con ella.

Así pues, ese anciano, ese hombre y ese joven, algo han hecho con sus vidas, para que ellas se inviertan".

Entonces, el jinete que meditaba en la oscuridad de la noche, se durmió. Y al dormirse soñó y en su sueño se iluminó el paisaje.

Allí estaba en el centro de un espacio triangular, amurallado por espejos. Los espejos reflejaban su imagen, multiplicándola. Según escogiera una dirección, se veía como anciano; al tomar otra, su rostro era de hombre o, finalmente, de muchacho...

Pero él se sentia como un niño, en el centro de sí mismo.

Entonces, sucedió que todo comenzó a oscurecerse y cuando no pudo reconocer más que una pesada oscuridad, despertó.

Abrió los ojos y vió la luz del sol. Luego, montó en su cabalgadura y al ver que la sombra se alargaba, dijo para sí: "Es la contradicción, la que invierte la vida y genera sufrimiento... El sol se opone para que el día sea noche, pero el día será, según lo que yo haga con él".

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